Parece que dondequiera que miremos, no hay más que peleas. Echa un vistazo a las redes sociales, a las noticias, en tu bandeja de entrada... llena de discusiones, desde política hasta trabajo y asuntos personales. No hay nada de malo en compartir tu opinión y tener un debate saludable de vez en cuando, pero cuando comienzas a discutir más a menudo de lo habitual… es hora de preguntarte qué está pasando.
La primera pregunta para reflexionar es: ¿qué es exactamente lo que te impulsa a generar esta controversia? ¿Es tu objetivo hacer oír tu voz sobre un tema que realmente te apasiona? ¿Son las personas que hacen las declaraciones iniciales con las que anhelas discutir? ¿Disfrutas simplemente del conflicto? La razón detrás de este deseo puede revelar mucho sobre tus necesidades actuales, que corresponden directamente a tu estado general de bienestar.
Entonces, ¿cuál es tu estilo de discusión? ¿Tienes un interés genuino en escuchar lo que la otra parte tiene que decir, o estás allí estrictamente para expresar lo que quieres y asegurarte de que todos escuchen? ¿Tu enfoque es respetuoso y considerado con otras ideas, o tomas una técnica de acoso que parece ser popular en estos días entre figuras conocidas a nuestro alrededor?
Finalmente, ¿qué esperas lograr con estas acciones? ¿Esperas salir de una discusión sintiéndote satisfecho y aliviado porque expresaste lo que habías tenido reprimido? ¿O estás buscando salir sintiéndote superior, porque lograste menospreciar a tu oponente lo suficiente como para alejarte como el obvio “ganador”?
No pases por tus rutinas diarias sin prestar atención a las razones subyacentes: rara vez las personas actúan de maneras que no tienen explicación. Participar en conflictos regularmente puede ser un buen indicador de otros problemas que necesitan ser abordados, y cuando esto se hace a través de una honesta autorreflexión y compromiso con el cambio, la serenidad y un estado de mente más pacífico son los resultados.